Mi padre estaba enfermo. Su cuerpo se consumía. De repente, sus manos morenas, callosas y de piel áspera se volvieron débiles. La enfermedad las hizo finas. De piel tan suave y delicada que tan sólo una quemadura tardaba semanas en curar.
La piel suave, las palmas coloradas, la cicatriz de la quemadura todavía patente y con unos surcos en las uñas que las hacían quebradizas. Su cara hinchada y su pelo blanco cada vez más escaso, eran señales visibles de su enfermedad.
Aún siendo su cuerpo débil, le quedaba fuerza en las manos. Cuando se las agarraba, él se aferraba a las mías y las apretaba. No sé si intentaba conseguir algo de mi energía o transmitirme todo lo bueno que han hecho las suyas. Sin duda, un generoso legado.
También me enseñó que, cuando la vida te presenta razones para llorar, hay que demostrarle que tienes mil y una razones para reír, pues estando enfermo, bromeaba para sacarnos una sonrisa, sacaba fuerzas de dónde no había para atender las visitas, que recibía con emoción.
He aprendido a hablar con la mirada. Con los ojos nos dijimos gracias, te quiero, lo siento, ADIÓS... Gracias por todo lo que nos has enseñado.
El destino quiso que nuestra última despedida fuese el DÍA del padre. Te llevaste contigo nuestro regalo y, llenos de orgullo vimos con nuestros ojos lo que ya sabíamos: todo el mundo te quería.
Todos se reunieron para darte el último adiós.
Al mejor padre, el mejor regalo.
La mejor despedida.
Padre de tus hijos, esposo de tu mujer, abuelo de tus nietos y amigo de tus amigos: gracias por ser como eres.
Un millón de palabras no pueden hacer que vuelvas.
Lo sé porque lo hemos intentado.
Tampoco un millón de lágrimas.
Lo sé porque las hemos llorado.
Gracias de todo corazón a todos aquellos que sentísteis nuestro dolor como vuestro.