El masino ausente
Andrés Mata

Me ha costado mucho tiempo y muchas dudas abordar este tema porque, de algún modo, me siento plenamente implicado en él.

En primer lugar porque, aunque me duela decirlo, yo no soy masino en plena acepción de la palabra.

Si por ser masino se entiende el hecho de haber nacido en este pueblo, por el que siento auténtica devoción, yo no soy masino. No obstante, hago mío este dicho tan popular que afirma “ uno no es de donde nace si no de donde pace”.

Las circunstancias de la vida hicieron que, como ocurrió entonces y sigue ocurriendo ahora, mi padre, nacido en el Mas, y mi madre, nacida en la provincia de Huesca, se encontraran en Barcelona, se enamoraran y decidieran traer al mundo un niño al que, como es costumbre habitual, bautizaron con el mismo nombre del padre -Andrés-. Y todo esto ocurrió en una población cercana a Barcelona, es decir, en Badalona. Así consta al menos en mi DNI, aunque lo cierto es que nunca me he sentido vinculado a esta población de la que no guardo ningún tipo de recuerdo.

Una vez más esas circunstancias, que difícilmente son previsibles, hicieron que mi padre volviera a s pueblo, donde seguía residiendo toda su familia, cuando yo apenas había cumplido los primeros años de mi infancia. A partir de entonces, y hasta se inició la Guerra Civil, mi hogar fue siempre Mas de las Matas y de aquella época guardo mis mejores recuerdos.

Fui alumno del para mi inolvidable tio Julián – abuelo como algunos sabéis de mi amiga Angelines Mir - .Más tarde lo fui de don Anacleto, a éste le sustituyó Feliciano Garcés y, años más tarde, terminada la guerra, Fernando Alegre.

Los duros, durísimos años de guerra los pasamos exiliados en Valencia, y de aquella época apenas guardo recuerdos que pueda calificar como felices, porque no los hubo.

Los gratos recuerdos de valencia llegaron unos cuantos años más tarde, ya en la década de los 50, cuando contraje feliz matrimonio con una masina (no podría ser de otra manera) y de cuya unión nacieron mis cuatro hijos que, curiosamente y sin renegar de su lugar de nacimiento, afirman ser masinos si alguien les pregunta sobre su lugar de origen.

Mi adolescencia, quizá la época más feliz de mi vida, de los trece a loa dieciséis años, transcurrió en el Mas y a partir de entonces, mi amor por “mi pueblo” ha ido creciendo y buena prueba de ello son mis constantes idas y venidas al pueblo siempre que las circunstancias de mi trabajo me lo permitieron.

Y ahora, libre ya de las inevitables ataduras que el trabajo y las responsabilidades asumidas comportan, intento, siempre que es posible, gozar de las innumerables satisfacciones que el pueblo me brinda.

Las Fiestas Mayores, ahora el Regreso de Comendador, mis diarias visitas a santa Bárbara y santa Flora, mis recorridos en moto por todo el término y algunos pueblos próximos, mis “charradicas” con los amigos, la misa y el vermú de los días festivos, son momentos tan felices que a nadie puede extrañar que me sienta como lo que soy: masino...y presente, no ausente.