AGOSTO
Antonio Serrano Ferrer

Los Mechones son un lugar ideal para el baño. Están cerca del pueblo, habrá casi un metro de profundidad y hay una pequeña alameda junto a ellos. El agua baja cristalina y se ven en el fondo las piedras limpias. El espacio es un poco pequeño, pero suficiente para darse un remojón.

Agosto son las fiestas. El día 27 pasamos a Aguaviva. A la vuelta nos acercamos a la masía del Juaco donde descansan los mansos y los novillos que han de lidiarse al día siguiente. La plaza de la iglesia ha cambiado de imagen. Los días anteriores han esparcido tierra por el suelo y ahora los carros cierran en doble o triple cinturón todo el círculo. El día 28 amanece pronto para todos y se espera la llegada de los toros acompañados de los mansos Pinto y Jacinto, que ya son viejos conocidos del pueblo. A media mañana se hace la prueba y se opina del tamaño y bravura de los novillos. La tarde llena los carros de gente deseosas de espectáculo. En el viejo árbol han colocado una prensa de vino y unas cuerdas desde sus ramas. La lidia es similar a la de siempre. En un descanso el alguacil subasta algunas partes de los novillos. Al finalizar se observa el trabajo del matarife en la plaza del Ayuntamiento. Y allí quedan colgados del balcón las carnes ensangrentadas de los animales.

El 29 y 30 la gente viste sus ropas mejores. Misas solemnísimas con sermones de Ave María. Y bailes. En la plaza se montan los fuegos artificiales en unos postes hincados en el suelo. Se van quemando entre canciones. Un momento inolvidable es el ver elevarse hacia el cielo unas ruedas que desprenden círculos de lucecitas. Y para finalizar se le da fuego al que tiene enrollada una lámina de un santo, que al arder sus sujeciones, aparece rodeado de luces de colores, mientras los músicos interpretan un himno. Lástima que tan sólo llegue una vez al año san Agustín porque son días vividos intensamente y llenos de momentos felices. La familia hasta seda el lujo de ir a tomar el vermut, y el niño espera impaciente el líquido de los berberechos, que con un poco de sifón, le sabe a bebida de los dioses.

Es el fin del verano. Ya no habrá obligación de echarse la siesta y no se saldrá a tomar la fresca. En el recuerdo quedarán esas noches plácidas en las que los vecinos se juntaban para hablar tranquilamente, mientras los niños correteamos por las calles cercanas en la que es nuestra única obligación: jugar y ser felices.