"¡Cierren la retaguardia, el enemigo ya está aquí!". Esta frase, que tantas veces hemos oído en más de una filmación bélica, podría servir para resumir el pensamiento a voz alta de un gran número de población española a la hora de tratar el tema de la inmigración, o como lo presentan algunos medios de comunicación, "el problema de los inmigrantes".
En la última década ha crecido de una forma considerable el número de personas que, de forma más o menos legal, ha abandonado su patria buscando otro país donde mejorar su situación, su vida. Incluso en nuestro propio pueblo somos testigos de esta realidad. Comenzó con la llegada de marroquíes, y hoy en día son rumanos, argentinos o chilenos los que comparten con nosotros el pueblo.
La mayoría ha encontrado un trabajo digno con el que abrirse paso, lo cual también parece molestarnos, a pesar de ser plazas que se encontraban vacantes. En definitiva, su mejora social se convierte en nuestra preocupación personal.
Para rematar la jugada, se les suele acusar de una forma deliberada y sin motivo aparente en principio de más de un robo u otro acto evidente de delincuencia. Sin ir más lejos, hace unos días el que subscribe leía este titular en un periódico: "EL 60 % DE LOS DELINCUENTES SON EXTRANJEROS". Lo que no aclaró el artículo que acompañaba al titular es si se trata del porcentaje de gente que se detiene por delincuencia o se trata de una estadística generalizada, ya que si es por la primera causa debería decir: "EL 60 % DE LOS DELINCUENTES DETENIDOS...". Claro que entonces la noticia puede perder sensacionalismo.
En cambio, en otro medio de comunicación, se aseveraba que había crecido en gran cuantía la delincuencia en nuestro país, y la mayoría son españoles que aprovechan lo sensibilizado que se está contra los extranjeros para ejecutar sin problemas sus proyectos.
Por lo que a nuestro pueblo concierne, ahora compartimos las calles, los bares, las tiendas, hasta el aire que respiramos, y deberíamos de aprender a aceptarlo y a convivir con ellos, sin darles la espalda o hacer gestos de disconformidad, y menos mientras no nos den motivos para ello. Díganme ustedes, si un español comete un robo en una tienda alemana, ¿todos los españoles somos ladrones?.
Quizá deberíamos de verlo desde otra perspectiva. Piensen en que esta gente ha dejado su patria, su familia, sus amigos, su forma de vivir, deben aprender un nuevo idioma, amoldarse a una nueva sociedad, a aceptar a estar solos hasta que alguien les tienda su mano, etc. En fin, somos un país que estuvo en esta situación en su día, emigró a Argentina, Alemania, Francia o Chile, y ahora ellos no caben aquí. Presumimos de no ser racistas ni discriminatorios, pero si entra un extranjero en el bar le clavamos la mirada, y si lo vemos venir por la calle todavía dudamos si debemos saludarle.
Los masinos siempre hemos tenido fama de hospitalarios y abiertos a los demás, y no es porqué yo lo diga aquí, lo dicen los pueblos de la contornada y los veraneantes que una vez vienen aquí, tienen claro que han de seguir viniendo. Entonces, ¿Por qué somos tan retraídos con los inmigrantes si no dan motivo para mantenerlos al margen? No digo que haya que estar por ellos continuamente, pero sí tratarlos con menos frialdad con la que a veces lo hacemos, de forma intuitiva. Debemos de alegrarnos de que estamos rodeados por nuestra familia y amigos, y la gran suerte que eso supone, y comprender lo dudo que debe ser dejar todo lo que conoces para poder subsistir. Si no somos capaces de comprender esto, ¿Quiénes son los extraños?.